La nueva tarea colectiva

*Artículo publicado en Res Pública.

Los casos de corrupción institucional, política y económica que nos sobresaltan casi a diario pueden suponer el golpe definitivo al descrédito de la política o, por el contrario, servir de revulsivo para construir una nueva manera de hacer las cosas.

Es evidente que la ciudadanía es la principal víctima de la quiebra del sistema y que los verdaderos responsables de los casos de corrupción no han asumido las responsabilidades penales y políticas que debieran por sus decisiones y abusos. Pero también es verdad que la exigencia de estas responsabilidades no es incompatible con el ejercicio de una autocrítica colectiva mucho más profunda. En las últimas décadas, casi todos hemos mirado para otro lado ante pequeñas y grandes corruptelas, abusos y quiebras de los principios fundamentales que deben guiar una convivencia ética. Casi todos hemos comprado y vendido pisos aceptando exageradas plusvalías, hemos mirado para otro lado ante personas obligadas a trabajar en condiciones precarias o sin contrato y hemos aceptado como inevitable la versión más inhumana del modelo de desarrollo neo-liberal.

En mi opinión, si queremos ofrecer una alternativa a esta situación es necesario exigir más responsabilidades a los responsables directos y detallar qué vamos a hacer a título personal y colectivo para cambiar las cosas en nuestro entorno más cercano. La quiebra del sistema es también una quiebra de valores. La sociedad busca nuevas referencias y sabemos que si no se plantean propuestas concretas suelen encontrarse en las propuestas más reaccionarias.

La única forma de ofrecer una alternativa es poder transmitir con el ejemplo que la política no solo habla de una forma diferente de vivir sino que vive de una forma diferente. Sólo si la sociedad percibe realmente que sus representantes políticos están ofreciendo a la comunidad más que lo que reciben de ella, será posible un cambio de actitud social sobre la política y las personas que se dedican a ella. El planteamiento es radical porque la gravedad de la situación obliga a los representantes políticos a adoptar compromisos personales de servicio a la comunidad en unas condiciones iguales o inferiores a la media de la población, durante al menos toda la próxima década. Aquellas personas y organizaciones que no estén dispuestas a asumir este compromiso seguirán siendo percibidas como privilegiados y no servidores del bien público, y por lo tanto, no podrán liderar esta nueva revolución ética, política y económica.

La indignación generalizada ante casos de corrupción impide el matiz, pero la sociedad sabe apreciar cuando una persona, o una formación política se comporta y vive de forma diferente. Esas serán las formaciones políticas que saldrán reforzadas de este momento de crisis.

Sobre una nueva forma de vivir la política y la economía, de predicar con el ejemplo, se puede construir también una interacción con la ciudadanía más auténtica y efectiva. La corrupción empresarial sólo desaparecerá si construimos un nuevo sistema de valores y comportamientos colectivos que la rechacen sistémicamente.

La transformación del sistema actual requiere presentar un discurso y acciones concretas que no sean rechazas inmediatamente por fallidas, irrelevantes o utópicas. La defensa del estado del bienestar es necesaria pero insuficiente para recuperar la ilusión de que realmente otro mundo es posible.

Hace poco me decía un amigo que la sociedad vasca no sabe avanzar sin tarea colectiva, y puede que ese sea nuestro principal problema. Sin tarea colectiva, sólo nos importa nuestra agenda personal, sea en el ámbito político o en el económico.

La nueva tarea colectiva no es otra que la transformación de la actual situación, la construcción de un nuevo modelo de desarrollo basado en valores distintos a los que han triunfado en las últimas décadas.

La nueva tarea colectiva consiste en detallar una respuesta alternativa fundamentada en el bien común y ofrecer respuestas innovadoras a las necesidades sociales emergentes. En definitiva, una apuesta por pensar de forma sistémica y en larga escala cómo podemos abordar los retos sociales y políticos más relevantes. Tal y como hicimos no hace tantas décadas y tal y como está sucediendo en el ámbito de la innovación social (banca ética, grupos de consumo ecológico, emprendizaje social, etc).

En el ámbito de la comunicación, no se trata de decir una vez más que se va a consultar a la gente, la tarea colectiva requiere construir un nuevo modelo de sociedad desde la auto-responsabilidad ciudadana. Se trata de un apuesta estratégica de futuro que la propia ciudadanía no ha incorporado todavía a su discurso y actuación.

Las redes sociales y los mecanismos de comunicación son instrumentos cada vez más relevantes pero no son la solución en si mismos. Conocemos ya múltiples ejemplos en los que las redes sociales han sido tan fácilmente manipuladas e instrumentalizadas como los medios tradicionales.

Las consultas a la ciudadanía deben formar parte de la práctica cotidiana de la política pero deben formar parte de un nuevo modelo de relación entre los representantes políticos locales y la comunidad que los ha elegido. No se trata sólo de elevar el listón e introducir normativas más estrictas con el control y la transparencia de los poderes públicos (que también), supone construir un diálogo mucho más complejo y costoso en el que debemos estar dispuestos a actualizar el relato colectivo de quienes somos y hacia dónde queremos caminar como sociedad. Imaginar y hacer realidad una nueva tarea colectiva.

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